Raíces: cuando el amor deja de ser frágil

Sobre la madurez emocional y el amor que echa raíces

La verdad es que está siendo un viaje muy revelador. A veces no hace falta organizar grandes escapadas ni cruzar medio mundo. En lo sencillo habita la excelencia. En lo cercano. En lo mundano. En el mar, por ejemplo: algo aparentemente simple, pero de una complejidad que no alcanzamos a comprender del todo. La naturaleza nos despierta emociones que no siempre sabemos nombrar.

Quizá ahí esté la clave de todo: necesitamos meter más corazón y menos mente para comprender.

Cuando la mente se convierte en trampa

En mi caso, tengo la costumbre de analizarlo todo. Y cuando digo todo, es todo. Esto hace que mi mente acabe saturada, literalmente. Consigo justo lo contrario de lo que pretendía. Me vuelvo poco productiva, me enredo en variables, supuestos, posibilidades. Y en lugar de dar el paso, me quedo atrapada en esa trampa tan conocida: la parálisis por análisis.

Amar de verdad

Esto se ve clarísimo cuando hablamos del amor.
Pero ojo, del amor de verdad. No del amor a las expectativas, ni a lo que el otro hace o tiene. Porque si te enamoras de alguien por lo que hace o por lo que tiene, tenemos un problema. Y no pequeño.

Cuando te enamoras del ser… eso ya es otro nivel.

Cuando rechazas una parte de alguien, estás rechazando a la persona entera. Y lo mismo ocurre contigo: cuando rechazas una parte de ti, te estás diciendo —aunque no lo sepas— que no te gustas, que no te aceptas, que no te quieres del todo.

La semilla

El enamoramiento auténtico es visceral. Se crea una semilla dentro, pequeña al principio, casi imperceptible, que va creciendo y ocupando cada rincón del cuerpo. Es algo silencioso y profundo.

Y fíjate: cuando somos madres o padres, ¿queremos a nuestros hijos por lo que hacen o por lo que tienen? Claro que no. Los queremos por lo que son. Por su risa, por su mirada curiosa, por sus genialidades, por cómo se mueven, cómo piensan, cómo cuestionan el mundo. Los amamos cuando están felices, y también cuando lloran, cuando están enfadados, agotados, desbordados.

A veces acompañarlos exige paciencia, empatía y una madurez emocional que no siempre tenemos del todo.

Ahora extrapola eso a la persona que eliges para compartir la vida —o al menos un tramo de ella—.
Si la amas por lo que es, amas de verdad.
Si la amas por lo que hace o por lo que tiene… amas otra cosa.

Amas su hacer.
Amas su tener.
Pero no a ella.

Y entonces pasa algo curioso: el día que tú hagas lo que esa persona hace, o consigas lo que esa persona tiene, el interés desaparece. Porque no te enamoraste de su ser.

Enamorarse del detalle

No te enamoraste de su conversación, de cómo se cuestiona el mundo, de cómo escribe, de cómo camina, de su olor, de su voz, de su mirada. De cómo parpadea, de cómo respira, de cómo se mueve su tórax al inhalar, de cómo mastica, de cómo traga saliva, de cómo coloca los hombros, de cómo cruza las piernas, de cómo se sienta, de cómo se rasca suavemente el mentón, de cómo mueve los ojos al leer, de ese gesto que adopta cuando escucha su música favorita, de cómo cierra los ojos al saborear lo que le encanta.

Si te enamoras de todo eso… estás perdida.
Perdido.

Raíces

Y si su olor corporal —sin perfume, sin artificio— te gusta y te atrae, entonces déjame decirte algo: estás enamorada a un nivel profundo. Muy profundo. Has echado raíces.

Antifragilidad

¿Y sabes qué ocurre cuando eso pasa?
Que alcanzas la madurez necesaria para crear algo más grande. Más duradero. Algo que, por muchas embestidas que te dé la vida, por muchos obstáculos que aparezcan, será capaz de atravesarlos y transformarse en una relación antifrágil.

Escribo aquí para ordenar lo que vivo. Si quieres recibir estas reflexiones cuando nazcan, puedes dejar tu correo y te las enviaré sin ruido, sin prisa.

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